Apareció corriendo detrás mio y haciendome saltar algo debido al susto. Al principio pensé que me iba a morder el culo, pero no, simplemente quería jugar con el primer desconocido que se le cruzaba o tal vez -y esta teoría tomó fuerza dos días después- intentaba escapar de su casa y que lo lleve a la mia. Dio varios saltos alrededor mio, ensuciándome el pantalón y por más que intenté botarlo me miraba con sus ojitos brillosos y algo rojos, tenía aspecto de perro drogo. La subida a la meseta era casi una escalada que se turnaba entre piedras y tierra. De a pocos me di cuenta que Tupi, que dos horas después bautizaría como Gringo, caminaba y volteaba a mirarme como si me esperara. Las piedras del camino eran super traicioneras y quien no sabía bien cual pisar se podía ir derechito y rodando hasta el inicio del camino. No sé cuantas veces Gringo habría hecho ese recorrido, pero sus huellas me señalaban el camino más seguro. Además, cada vez que pasaba un burro o un caballo a mi lado, le ladraba apartándolo y haciendome las cosas más fáciles. No creo que este perro se atreva ir hasta arriba, pensaba yo, para inmediatamente después encontrar a Gringo mirándome como dando ánimos a mi decadente físico, víctima de la altura y de la mala vida.
Cada descanso mio era aprovechado por él para ir en busca de alguna tuna madura o simplemente husmear entre los arbustos. Mientras, yo tomaba algo de agua y comía unas Lays Snacks que llevaba en la mochila. De plano rechazó las papas haciendome pensar que mi alimentación plagada de gaseosas, hamburguesas y demás, era la razón por la que ya no jalaba. Mi amigo era un punto rojo que veía caminar casi moribundo metros más abajo. Tal vez fue la altura, quizá el cansancio, pero al rato ya me encontraba preguntándole a Gringo que cuanto faltaba, que cuantas veces ya había subido, si hacía lo mismo con todos. A mitad del camino, me di un descanso largo que tuvo como consecuencia la pérdida de mi guía. Aproximadamente dos horas después, cansadisimo pero feliz de haber llegado a la meseta estaba más perdido que Atahualpa en la Guerra de las Galaxias. No sabía donde estaba el Anfiteatro, uno de los lugares donde se acampaba y por suerte encontré a mi amigo igual de perdido que yo. La intuición y los rastros olorosos -léase kk- de los caballos nos ayudaron a encontrar al Anfiteatro y las dos carpas armadas por nuestra tercera acompañante que subió muy cómoda a caballo en un recorrido de 45 minutos. Nosotros llegamos en 4 horas y media. Una pequeña diferencia nada más.
Con las casas del pueblo a la vista di un suspiro mientras Gringo correteaba a mi alrededor, aparentemente feliz también. La felicidad se le fue cuando nos cruzamos con su dueño que lo agarró por el hocico samaqueandolo y reprendiéndolo por su desaparición. Donde te habías metido Tupi? hoy no comes por travieso, le dijo. El antes Gringo y ahora Tupi desapareció con el rabo entre las piernas. Tuve cargo de conciencia pero seguí mi camino hasta la plaza en la que una vez más me di con la sorpresa de encontrar a Tupi Gringo. Esperó hasta que llegó nuestro carro. No pude despedirme de él, pero acá está el testimonio de mi aprecio por el perro-guía marcahuasino.