Como un bohemio y
adictivo imán , las calles y bares del centro de Lima me arrastran hacia sus rincones más oscuros, me ponen un pucho entre los labios y colocan un par de tragos sobre la mesa. No, no soy yo el que pide las
chelas y enciende los cigarros, todo aparece ya así,
mágica y repentinamente. Y así fue como hace una semana mis pies, cansados del mismo cine, el mismo centro comercial, el mismo café y el mismo todo, decidieron transitar por callejuelas más oscuras y por lo tanto, más interesantes.
Ir al centro era para mi, mirar a izquierda y derecha cada dos minutos, una hojeada atrás cada uno, y revisar mis bolsillos cada 30 segundos. Era pasar por las calles sin ver lo esencial. Me imagino que por andar chequeando posibles rateros, nunca aprecié el ambiente que ofrecen aquellas añejas calles. Por suerte uno ya puede caminar tranquilo muy de noche, siempre y cuando pongas cara de
malísimo y asesino. Creo que iba a contar lo de los bares no?
Muchas personas ya me habían comentado sobre el
Yacana, que esto que el otro, pero yo no me quedaba tranquilo con los datos que me daban, tenía que ir a verlo. Y allí estaba, tres pisos hacia arriba de un
edificio del Jirón de la Unión,
encaletado, oculto ante la vista ingenua e inocente de quien no busca alargar la noche un tanto más. Las luces bajas, buena música y el ambiente relajado me invitaron a tomar una mesa y luego dos
chelas. Junto a la ventana, intenté encender un cigarro -ojo, ahora solo fumo cuando tomo, me estoy rehabilitando...creo- pero el viento dijo no. Y fue allí cuando al intentar cerrar la ventana, noté algo que había visto sin mirar. La plaza San Martín en toda su extensión, poblada de individuos de todo tipo: desempleados dando discursos comunistas, ejecutivos apurados por llegar temprano a la cita con la trampa, niños del tipo "ya pe,
comprame algo", putas de 15,
cabros de 30, parejas de enamorados
jurándose mentiras,
punks buena onda y
policias panzones. Nuestra Lima la horrible tiene un encanto innegable, lo digo en serio a pesar de lo irónico de la frase.
Mientras empapaba mis labios al borde del vaso, mi terquedad por no cerrar la ventana -lo que me privaría de la vista- le mandaba un mensaje sombrío a mi garganta, ya algo dañada los días anteriores. No le hice caso y salí a buscar otro bar más. Ignorante de la vida nocturna del centro, llamé a un amigo de garganta curtida en la zona, el
Munich me dijo, el que? el
Julich?
nooooo...el
Zurich? Ya...entendí. Plaza San Martín,
callecita a la derecha, directo al sótano. El maestro tocando piano, gente de 30 para arriba tomando, fumando, conversando, bailando, chapando, trampeando, afanando y algunos
mirandose mirar unos a otras y viceversa. Lugar interesante,
tranquilo, buena comida, buena
chela -aunque me faltó probar la alemana.
Esta noche volveré al centro, esta vez a un hueco diferente. La idea es recorrerlos todos, no creo que esta noche me de para tanto, será hasta que el cuerpo y mi garganta aguante.
Me demoré en escribir un nuevo post por motivos de tiempo y salud. Casi muero aplastado -aún tengo los moretones-, tuve infección a la garganta y ahora escribo esto con una
torticolis que tan solo me deja moverme 2 segundos sin dolor.